jueves 12 de noviembre de 2009

Mi caballero desdentado.

Hoy, como en otras ocasiones, voy a hablar de otras cosas. Hoy, escribiré sobre lo más bonito que ha hoyado jamás la tierra. Mi hijo Rodrigo. Sé de más y de sobra que esto no interesa, pero lo cierto es que eso a mí me importa un comino porque para mí es lo más importante y lo que más me interesa del mundo.
Él es un bebé de siete meses, sonriente en general y muy alegre, de mirada penetrante cual César de la antigua Roma; posee dos dientes incipientes en la parte inferior, el resto de la boca yerma de dientes lechales pero bien cuajada ya; Su pelo, ni abundante ni escaso, ni rubio ni moreno, diríase castaño con leves trazas áureas y quizás algo alocado y rebelde; Sus ojos, que dicen "es el espejo del alma", son grandes como los de su madre, comparables a los de una lechuza si no fuese por la preciosa forma almendrada inigualable e incomparable a ningún otro ojo que yo haya visto jamás. Respecto del color de éstos, lejos de ser cerúleos como los del abuelo materno o glaucos como los del padre, o sea yo, como hubiese deseado su madre, se adivinan ya, a esta temprana edad, de un color zaíno que lejos de ser vulgares, en él se convierten en auténticos luceros de inteligencia y sabiduría, sí, sabiduría de siglos que laten claramente en su interior y que sin hacer grandes esfuerzos se adivinan fácilmente al contemplarlos con la mirada de un padre. Las pestañas largas, larguísimas, que confieren al conjunto una belleza y elegancia sin par. Ojos bonitos, ojos serios, ojos serenos, quizás demasiado para ser tan jóvenes, ojos, a fin de cuentas, hermosos por su configuración y simetría, así como por su color y dibujo; Su nariz es perfecta, recta, aun sin tabique definido, diría yo que ligeramente respingona, aunque aun es muy pronto para saberlo con certeza; Respecto de los labios, parecen esculpidos en piedra, perfectos, bien definidos, jóvenes, inexpertos, pero hechos sin duda para un chupete grande y resistente; Sus orejitas parecen puestas ahí por un artista del Renacimiento, esculpidas laboriosamente en precioso mármol de Macael; Su carita es ovalada, ligeramente mofletuda, siendo éstos deseablemente pellizcables al igual que su barbilla de forma regia pero infantil al mismo tiempo; El conjunto de la cabeza se aparece como una escultura griega de la época helenística, aunque infantil aun, cuasiperfecta, bien proporcionada y dibujada.
El resto del cuerpo es el de un bebé, largo y delgado, aunque no en exceso, bien proporcionado y simétrico respecto de sus miembros superiores e inferiores, cuello fuerte para su edad, manos y pies grandes como le corresponde genéticamente y dedos largos cual infante pianista, no es rechoncho, pero ni mucho menos famélico o desgarbado, hecho este cuando menos difícil ya que no se tiene en pie todavía.
Su nombre, escogido por su preciosismo para los padres, significa “el que es conocido por su gloria”, no sé si en un futuro esto será así, lo cierto es que no importa mucho, con lo que su madre y yo nos conformamos es que sea una buena persona y nada más.
El conjunto de Rodrigo en sí, como digo, es perfecto. En fin que puedo decir, soy su padre. Espero para Rodrigo que sea un buen hijo, que sea una buena persona y sepa perdonar, que tenga suerte en la vida y que no me salga rojo como su abuela paterna.
Ángel, divino Ángel, ¿Dónde escondes tus alitas, que por más que las busco no las puedo hallar? Carpe aeterno Rodrigo.